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03. OCT. 2018

Medidas para un camino seguro hasta el colegio

La calle será territorio de la infancia. Un día lo fue: los niños jugaban o iban solos al colegio; el trozo de calle que separaba su casa de la escuela servía para que aprendieran a relacionarse con el mundo y a ser personas autónomas y libres. Pero aquello acabó. El psicopedagogo italiano Francesco Tonucci escribió La ciudad de los niños, un libro que clamó por recuperar el espacio para los menores y que inspiró a decenas de ciudades a ponerse manos a la obra.

En Europa y España ya son muchas las urbes que se han sumado al espíritu de Tonucci, quien lamentaba que los servicios se organizaran pensando en los adultos: «Si le arrebatamos el lugar de juego al pie de su casa y se lo devolvemos, quizá cien veces mejor y más grande, a un kilómetro de distancia, en realidad se lo hemos robado. Y punto», criticó el italiano.

Hoy, los niños tienen que ir al colegio acompañados por familiares hasta una edad cada vez mayor. La causa es la elección de vivir en zonas residenciales apartadas de las instalaciones básicas, la sobreprotección de los padres o la carencia de espacios peatonales y para bicicletas seguros. Este acompañamiento provoca problemas ambientales y embotellamientos en las vías cercanas a los centros. Además, los niños, no aprenden a desenvolverse.

La Unión Europea lanzó el proyecto STARS (Acreditación y reconocimiento de desplazamientos sostenibles para colegios). El programa se dirigió a personas de seis a 19 años, además de implicar a padres y comunidad educativa. ¿Los objetivos?: aumentar el número de jóvenes que se desplazan en bici o a pie; fomentar la autonomía de la infancia; promover el compromiso de los jóvenes con el espacio público; y estimular hábitos saludables.

En España, la Dirección General de Tráfico siguió esta estela e implementó el plan ‘Camino Escolar Seguro’. Se estructura en tres sencillos postulados: situar a la infancia como «eje transversal» de las intervenciones municipales; analizar la ciudad desde la óptica del ciclista y el peatón para intervenir en los accesos a escuelas; e implicar a los niños en procesos de participación comunitaria.

Medidas ejemplares

En Valencia se lanzaron en 2017 los ‘Colecamins’: la creación de un anillo de rutas seguras que finalizan en las escuelas. El primer trazado, de 3,5 kilómetros, no se limitaba a escuelas, también agregaba parques, plazas, centros cívicos o residencias de ancianos.

El recorrido lo esbozaron los propios niños. Los alumnos dibujaron el itinerario que siguen habitualmente y el programa creó un anillo englobando los caminos con más afluencia. Dentro del círculo, el proyecto propuso instalar señales verticales, ajustar los parámetros de los semáforos, cuidar más las aceras o mejorar la visibilidad de los pasos de peatones instalando ‘orejas’ (ampliaciones de acera).

La capital gestionó ‘Madrid a pie, camino seguro al cole’, que se desarrolló entre 2007 y 2011. El plan de acción consistía en estimular el uso de transporte público, la bicicleta o el camino a pie. Plantearon organizar pedibuses, rutas a pie con paradas, o crear una Red Amiga de la Infancia con entidades y comercios que apoyaran el proyecto. Con la implicación de todos, los niños disfrutarían de un entorno seguro y armónico. La propuesta incluía también talleres y actividades para concienciar sobre educación vial y sobre el cuidado del entorno y del medio ambiente. Participaron 22 centros educativos de 18 distritos.

En Segovia se emprendió una iniciativa similar que incorporó directamente a los niños en la creación de rutas. Los estudiantes, en grupos de 10, se unieron a la Policía Local para definir y señalizar cuál era el mejor trayecto y qué puntos de encuentro podían establecerse para que los menores marcharan juntos al centro.

Palma de Mallorca cuenta con cinco caminos escolares seguros. Uno de ellos, el del Arenal, mide casi dos kilómetros. Se han pintado nuevos pasos de cebra, instalado señales que avisan del paso de menores o señales con luces ámbares y detectores automáticos de peatones en los pasos más delicados.

Son solo unos ejemplos. Decenas de ciudades españolas han trabajado o trabajan en hacer la ciudad más amigable a la infancia para que se cumpla aquello que escribía Tonucci: «Si en una ciudad se ven niños que juegan y pasean solos, significa que la ciudad está sana».